martes, 7 de diciembre de 2021

Una isla para catarla

Algunas de las mieles de la isla en el concurso
Pocas son las personas que tienen las habilidades para formar parte de los jurados de cata de productos gastronómicos. Se trata de individuos que han nacido -o educado- con sus sentidos muy sensibles para percibir todos los matices que puede ofrecer cada tipo de producto, tantos como alimentos que podemos consumir. Como, por ejemplo, los vinos, sal mieles, aceite, quesos... todo aquello que, además de saciar nuestro apetito, nos puede dejar una huella en el olfato, la vista, el gusto, el tacto e incluso el oído.

Pero no se crea que todas las catas son iguales. No existe un manual o un modelo único para catadores que permita decidir cuál es el mejor aceite de oliva virgen y, a la vez, aplicarlo a una cata de sidra, o de ron. Por el contrario, cada producto tiene sus características y sus formas de presentación y ritual de cata. En el caso del aceite, el producto no se sirve en copa transparente como es habitual en las catas de vino, sino con un color que impide ver las tonalidades del aceite. Asimismo, el recipiente se calienta un poco, mecánicamente o con las manos, para que esté templado o a unos 28º. Después, los miembros del jurado probarán uno a uno los aceites y valorarán aspectos como el frutado, el amargor y el picante. Un proceso no muy gratificante, ya que los únicos elementos que podrá degustar son los resultados de la cosecha tras su paso por la almazara, junto a unos bizcochos o una manzana verde, para arrastrar los restos de sabor de la muestra. Bien distinto es el caso de, por ejemplo, la sal, en la que lo primero que se observa es la intensidad del color blanco (desde el blanco de mayor pureza al blanco roto) así como el brillo. Después se comprueba el tamaño del grano (cuanto más pequeño, mejor), el tipo de grano (en busca de la forma cúbica), el momento en que se deshace entre los dedos y el grado de humedad (la sal debe tener algo de humedad, a pesar de que se piense lo contrario).

Y así podríamos continuar con diversas modalidades de cata, como la del vino, el agua, las mieles, o los quesos que se producen en la isla, con su enorme cantidad de variedades. Si a esto le sumamos las diferentes especialidades gastronómicas de la isla, de cumbre a costa, nos encontramos con diversos atractivos en forma de jornadas de degustación que nos permiten catar las diversas carnes y formas de preparación del cabrito, cordero, cochino, conejo o vacuno. Pero, lo asombroso de este recorrido por los sabores de Gran Canaria es que la mayoría de estos eventos coinciden con la finalización del año, lo que convierte la isla en una gran feria de sabores. Una realidad que asombra a quienes nos visitan porque, probablemente, esta isla sea el único lugar del mundo donde se puede dar cita a tantos sabores y, además, por tratarse de productos estrella de grandes certámenes internacionales, como la World Cheese Awards, en la que los quesos de las islas se imponen sobre muestras llegadas de todo el planeta, de regiones donde tengan algún concurso de cata, pero no tantos como los que coinciden cada año en Gran Canaria.

Para nosotros es algo natural, propio, diferencial. Vivimos en un 'continente en miniatura' como acuñara hace un siglo Domingo Doreste 'Fray Lesco', lo que nos permite no sólo disfrutar de diversos productos de calidad, sino también celebrar con ellos concursos que tienen como característica principal que vienen de materias primas de primera calidad y de variedades propias. El hecho insular y los diferentes microclimas que tiene Gran Canaria, hacen que contemos con cultivos de excelencia, variedad y originalidad, a diferentes alturas, humedades, al sol o con lluvias, pero nunca con temperaturas tan extremas como pueden producirse en los territorios continentales, lo que diferencia los productos isleños de los provenientes del continente, cultivados en pequeñas plantaciones, como obliga el hecho insular, pero de calidad extraordinaria.

Vale la pena recorrer la isla para catarla.

(Este artículo es una nueva entrega para el periódico turístico It is Gran Canaria)

domingo, 7 de noviembre de 2021

Amar a la sombra de la Reserva

Roque Bentayga
(Mi nueva entrega para el periódico turístico 'It's Gran Canaria' habla de futuro, amor y vida...) 

La vida del canarión discurre en una pequeña capa de la Tierra, una superficie, una piel, del tamaño de una isla. Cada día, alza la vista y comprueba el horizonte. De mar a cumbre. Los primeros rayos y las nubes. Entre el agua y el cielo, donde se puede respirar una brisa perfumada por el Atlántico o, en ocasiones, masticar el polvo del Sahara. Es el ritual del amanecer en la Reserva de la Biosfera de Gran Canaria, el momento en el que se ilumina nuestro mundo isleño. Un estallido de luz y color, cuando el océano da al cielo una limpieza y profundidad hipnótica, solo interrumpida por la  ocasional aparición de la calima del desierto.

Casi la mitad de la isla está declarada Reserva de la Biosfera por la Unesco. De hecho, todas las islas que conforman el Archipiélago Canario son o tienen parte de su territorio declarado como territorios del programa MAB (los casos de Gran Canaria y Tenerife). Pero, al igual que las demás islas, podría ser Gran Canaria entera, con su puerto y aeropuerto, histórica plataforma atlántica, ciudad cosmopolita, Luz de la mar océana. Cerquita de la capital y más al sur, la meca del turismo europeo en invierno, todo en un área a pocos minutos de la Reserva, al alcance de la mano. Es parte de ella, aunque no dentro de su mapa, destinada a convivir con la población isleña. Y esta -su gente- disfruta, orgullosa, del mismo paisaje, porque no puede levantarse un muro, una frontera interior, en el alma del isleño y su alma está en sus cumbres, sus bosques y en la 'isla vieja' de su origen volcánico y apocalíptico, cuya orografía la hizo indómita.

Pero el isleño sabe que no hay fronteras ni separación. Es la aceptación de que no hay una Biosfera a cuidar, si no es toda la isla, y todo el planeta. Todos los seres vivos en un territorio y sus interrelaciones. ¿Se puede ovidar el isleño de su realidad insular? O... ¿debemos actuar para que toda la isla actúe en la mejora de la biosfera, de la vida en el planeta?  

Quizás sea el momento de actualizar el concepto de las Reservas, de aplicar lo que impone la crisis climática. Sabemos que no existen fronteras ni muros para frenar la acción de la naturaleza y menos el clima, que se guía por patrones y corrientes que recorren el planeta ocasionando fenómenos atmosféricos que cada vez serán más extremos a causa del exceso de gases producidos por el uso desmedido de combustibles fósiles en una carrera creciente en las últimas décadas. Sólo nos queda actuar para mitigar lo ya inevitable y revertir el proceso.

Y en territorios insulares la contradicción está servida. Una isla es un todo. Su biosfera en miniatura está formada por el conjunto de los seres vivos de su territorio y sus interrelaciones. Sin olvidar que forma parte de la 'envoltura viva' de la Tierra, donde se desarrolla la vida. Donde vivimos y vivirán nuestros descendientes. Por ello, mirando hacia nuestro pasado, hacia nuestro entorno, nos damos cuenta de lo afortunados que hemos sido al tener uno de los entornos más bellos, agradables y saludables del planeta. Donde han surgido grandes creadores que han intentado explicar que hay una forma de vida en armonía con la naturaleza y la espectacularidad de sus paisajes, como Néstor Martín-Fernández de la Torre o César Manrique, quienes han defendido y demostrado que se puede "hacer de la vida una obra de arte", convirtiendo nuestro territorio en lugares de atracción y de concienciación sobre la fragilidad de la vida ante la acción del ser humano.

Quizás sea el amor la fuerza más poderosa del arte, de esos creadores que nos muestran cómo disfrutar de los pequeños detalles, de los rincones que pasan inadvertidos o que convertimos en vertederos, pero con un poco de cuidado se convierten en lugares icónicos para todo el mundo. Porque la vida puede ser un escenario de dificultades y obstáculos, el clima puede ser un castigo para el ser humano, por el frío, el calor, la humedad... pero también puede convertirse en ese espacio donde florecen los mejores sentimientos. De ahí que recordemos, constantemente, las palabras de los artistas: hagamos de la vida una obra de arte, lo que, viviendo a la sombra de la Reserva de la Biosfera, nos invita a amar la vida y dejar una huella que haga que nos recuerden por haber sido consecuentes con la herencia recibida.

domingo, 17 de octubre de 2021

La fascinación por el pasado de los canarios

En la gruta de Ansite. (Oscar Barroso/Turinka)
Pasear por las entrañas de las cuevas de La Audiencia, en Temisas, donde unos agujeros que pasan desapercibidos en distintos puntos de la montaña dejan pasar una tenue luz que se apaga en una pequeña oquedad en la cueva, diminuta, pero con espacio suficiente para un par de personas en pie. Sucede en uno de los numerosos silos de cuyo cuidado dependía la supervivencia de aquel poblado. Un descubrimiento para muchos que conocemos el lugar, pero no sus secretos.

He llegado al lugar con los amigos de Turinka, los hermanos Óscar y Javier Barroso, a quienes conocí antes de emprender esta aventura en el sector turístico. Sus fotografías, el comentario de los/as participantes y su tenacidad para convertir el misterio, junto a unos sorprendentes escenarios en una experiencia inolvidable, han dado resultados. Sobre todo, porque hacer una de sus rutas es entrar en un mundo fascinante de una realidad a la que sólo podemos acercarnos con la imaginación. La realidad es el rastro físico de la presencia de aquellos antiguos canarios, todo lo demás es adentrarnos en el pasado, con el rabillo del ojo de la curiosidad que nos despiertan nuestros anfitriones

Y tras la visita retumban las preguntas... ¿Qué habrían colocado en aquella ojiva excavada en la toba hace cientos de años? ¿Por qué en aquel recóndito lugar? ¿A quién se le ocurrió? Y así un largo recorrido por tierras del sur prehistórico. Con más preguntas en cada parada, en cada rincón y en cada sorprendente estructura de aquellos tiempos de fortalezas de piedra, cerámicas piezas de arte y momias. Degustando el gofio con leche y miel en un gánigo, mientras suena una endecha…

Ante cada evidencia física más se acrecienta la pregunta y el interés ¿Qué sabemos con certeza de nuestro pasado isleño? ¿Por qué sigue siendo un misterio o -en algún caso- una vergüenza para los que descendemos de conquistadores y conquistados? Y así se queda uno tras el recorrido y actividades que prepara Turinka en lugares inolvidables, en lugares que son víctima del olvido de un pasado que fue sepultado por la conquista, el tiempo, las ruinas… Pero que reviven en cada visita con estos guías cuya inquietud los lleva a rebuscar en libros, expertos y en el propio lugar los restos del pasado, de la experiencia aborigen.

Y no son los únicos, hay varias empresas y guías en solitario, pero con una gran inventiva y entusiasmo, muy perjudicado el sector por la crisis pandémica, pero ahí continúan, como también lo hacen Trip Gran Canaria, Ngaro Games y otras propuestas de conocimiento de nuestro entorno inmediato que no pasan desapercibidas, pero que deberían despertar la curiosidad colectiva, disfrutar de sus originales propuestas para concienciarnos de las extraordinarias posibilidades para disfrutar nuestro entorno, nuestro paisaje y nuestra realidad histórica.

domingo, 26 de septiembre de 2021

La vida entre volcanes

Desde Los Muchachos (Kike Navarro)
(Como no puede ser de otra manera, mi colaboración con el periódico It's Gran Canaria, gira en torno al volcán de La Palma y la solidaridad que ha desatado)

La fuerza de la naturaleza se percibe a cada instante y en cada rincón del archipiélago canario. El embate del Atlántico o sus calmas, intentando ocupar el espacio de la tierra, representando la eterna lucha entre los elementos: tierra, fuego, agua y viento. Todo sucede en un reducido y aislado espacio. El lugar de encuentro -a veces colisión-, entre el alisio húmedo del Atlántico norte y el viento caluroso del Sahara, donde suena en sinfonía la brisa y el siroco, el mar de nubes y la calima. Y, sobre este paraíso de leyenda, vivimos los isleños.

Islas mitológicas donde sucedieron las grandes epopeyas, en los confines del mundo conocido, más allá del panteón de los dioses olímpicos, en el imaginario jardín de las islas afortunadas que bautizaron los clásicos, en la creencia de que esas fuerzas de la naturaleza también crean belleza y bienestar. Un escenario épico y dramático que se puede admirar desde hace una semana, con retazos de aquel paisaje idílico que formó la naturaleza con su tenacidad durante siglos, creando una gran variedad de ecosistemas únicos. Un jardín de jardines en un territorio que sufre el fuego de sus volcanes, los temporales o la puesta en producción de sus bosques y consumo sistemático de los recursos naturales por sus colonizadores. Y, a pesar de todo, pervive la huella del pasado que describe magistralmente Miguel de Unamuno, tras sus estancias en Gran Canaria, para transportarnos a "lo que debió ser el terrible combate entre Vulcano y Neptuno, entre el dios del fuego y el dios del agua". Y estos días hemos visto nuevamente lucha mitológica con una imparable erupción telúrica de fuego, roca, humo... Hemos acompañado, impotentes, las lenguas de lava en su carrera hacia el mar para arañarle unos metros, los que la constante fuerza mareomotriz arrebata a los límites costeros de la isla en su constante empuje frente a la roca incandescente que cubrió el océano y que éste ha enfriado.

Pero el volcán también deja su propia huella, su memoria, una cicatriz cauterizada sobre la piel delicada de la isla. Un mar de cenizas que ha sepultado cientos de historias de personas que van a rehacer sus vidas. Supervivientes de una catástrofe natural. Otra más. Sin ningún herido, salvo en sus almas. El paraíso fue inundado por un río de fuego.

Vivimos estos días una erupción volcánica espectacular y sorprendente. A pesar de que durante días acechábamos el baile de temblores de tierra que demostraban el movimiento telúrico que estaba gestándose, bajo la zona de Cumbre Vieja en la isla de La Palma. Teníamos la esperanza de que siguiera el rumbo de San Juan (1949) y Teneguía (1971). Al final, el 20 de septiembre se abrió paso hacia la superficie, casi en el centro de la isla. 10 años después de la erupción submarina de El Hierro y en el 50 aniversario de la erupción del Teneguía (a pocos kilómetros de la actual). Y, por mucho que se esperaba y se sabía que iba a producirse, nadie podía precisar dónde y tampoco imaginaban la magnitud de la catástrofe, para quienes han perdido todo sepultado por una avalancha de magma imparable.

Y este es nuestro paisaje cotidiano. Grandes cráteres y picos, calderas de hundimiento y erosión profunda, y la vegetación nacida del volcán, criada en la necesidad, en la adaptación, en la resistencia frente a épocas de sequía, temporales de lluvia y viento…

Ese espacio también es la identidad de su población, que ha sabido adaptarse a su contradictorio destino. Los volcanes son el paisaje real, espectacular, como lo describe Unamuno: "Todas aquellas negras murallas de la gran caldera, con sus crestas que parecen almenadas, con sus roques enhiestos, ofrecen el aspecto de una visión dantesca. ...Es una tremenda tempestad petrificada, una tempestad de fuego más que de agua". Y en esa fragua, de inciertos pronósticos, viven personas. Con esa fuerza de la naturaleza, de mar en el firmamento y vértigo en la visión del centro de la tierra. Son canarios y canarias que conocen el latido de la tierra, el rugido de la roca, el choque del océano contra el acantilado. Una realidad que inspira, que durante siglos ha vivido en nuestros sueños, pero que también puede originar situaciones trágicas, aunque no haya víctimas mortales. Es el contradictorio mundo que habitamos, donde una erupción volcánica ha acabado con el sueño de muchas personas, pero también ha despertado el interés y atracción de otras muchas y, sobre todo, la solidaridad. Un volcán mucho mayor de apoyo y generosidad.

viernes, 17 de septiembre de 2021

300 mil

Diez años de evolución de lecturas del blog.
No se asusten, no voy a hablar de la película sobre la batalla de las Termópilas. Pero sí, de forma espartana, con mucho esfuerzo y constancia, he llegado a los diez años  (y nueve meses), con la publicación de 528 artículos (más este) que han facilitado -gratis- 300.000 lecturas (trescientas mil, tengo que ponerlo en letras y pellizcarme para bajar del sueño).

Tampoco les voy a hablar de todos los artículos, sino destacar que la gran mayoría (más del 95%) están referidos a la historia y a disquisiciones sobre el turismo en Canarias. Y el resto a algunos artistas canarios, sin que tenga que ver directamente con el turismo. En el ranking de los diez más leídos, les indico de más leído hacia abajo: Maspalomas (un parque temático natural); El Confital (y el sueño no realizado de César Manrique); El todo incluido (aquel que usa la masificación como negocio); La isleta (y el proyecto de teleférico); La cementera de El Pajar (y su futuro); El origen canario del Gran Tour en USA; Maspalomas en la ruta a la Luna; El ocaso turístico capitalino; César Manrique y Gran Canaria: y los vinos canarios shakesperianos.

Tengo que reconocer que no he sido muy constante con este trabajo. Tampoco lo he rentabilizado ni he incluido publicidad. Lo escrito no es ni más ni menos que mi opinión, mis impresiones y mis conocimientos tras décadas investigando y recopilando documentos (algunos inéditos) que me permitirían crear un pequeño museo del turismo en Gran Canaria. Y es que una cosa he aprendido en estos años de artículos y de participación en exposiciones, conferencias, jornadas, cursos, publicaciones... Que hay una enorme ignorancia (y osadía, por parte de algún contertulio de tantos espacios de opinión que se prodigan por los medios) sobre lo que significa el turismo y, especialmente, en un territorio en el que el turismo es el pilar fundamental de su economía. Pero también de su calidad de vida, para bien y para mal. El turismo es todo y somos todos y todas, pero nos escudamos en tópicos y críticas desde el sofá, sin luchar por ser partícipes de nuestro futuro y nuestro bienestar. De ahí que la turismofobia vaya más allá de los problemas de masificación, especulación, corrupción y gentrificación, posicionándose en el rechazo a una actividad que no es patrimonio de unos pocos, sino de más de mil millones de personas al año (las que viajan) y la población de todo el planeta (los que reciben). Y lo que hay que perseguir es la reciprocidad y justicia en el reparto de cargas y beneficios. A lo que hay que añadir una imperiosa necesidad: la sostenibilidad.

La espinita que me queda después de tanto esfuerzo es el desprecio que mis trabajos recibieron en dos concursos. Uno sobre periodismo y turismo (2015) que convocó el Ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana dentro de las actividades de difusión de la obra de Pancho Guerra, que vino a ganar un amigo arquitecto por la publicación del 'abstract' de su Tesis (nada que ver con un artículo o con el periodismo), en una web que almacena tesis doctoraless. Y, además, esa publicación se había realizado un año antes del plazo establecido en las bases del concurso. Una pena que los jurados (con periodistas veteranos, supuestamente) se tomen tan a la ligera sus propias condiciones. Peor fue el fallo del concurso del III Foro Internacional de Turismo (2015), al que presenté trabajos en dos de las categorías (internet y prensa escrita), quedando desiertos ambos sin que, hasta la fecha, alguien me explique cómo se valoró de forma tan vejatoria el trabajo de las personas que nos presentamos. Pero ahí queda. Pasé página... Por el otro lado, llevan dos años incluyéndome en una lista de influyentes del turismo en España. Y yo creo que más que influir, sirvo de distracción con mis historias y ocurrencias. Lo único cierto es que yo me desahogo así y lo disfruto.

Mi tristeza en este tiempo pandémico ha sido la cancelación del proyecto de una serie documental sobre la historia del turismo en Canarias. Estragos de la pandemia. Dudo que se haga y sé que cada día que pasa son menos los actores que fueron clave en esos momentos en que, de la nada y el silencio solitario de nuestras costas improductivas hace medio siglo, se levantó un negocio que nos ha permitido el desarrollo actual. Un tesoro descubierto que no ha sido tan dañino como las minas de carbón, la siderurgia o la industria química que ha supuesto el desarrollo en otros territorios, a cambio de severísimos impactos ambientales. Aquí nos quejamos del cemento (con razón a veces), pero sólo nos miramos el ombligo. Y aquí, también, todos añoramos a César Manrique, pero si hoy viviera no podría realizar sus obras de arte en la naturaleza porque surgirían colectivos que rechazarían cualquier intervención, con argumentos científicos, legales y sentimentales... entendible, pero el resultado sería un territorio sin arte, un paisaje a imagen y semejanza de las normas que parlamentos e instituciones elaboran sin dar cabida a la visión de quienes han revolucionado nuestro paisaje y nuestra percepción sobr el entorno.

En estos momentos de ¿pos? pandemia, cuando el turismo se reinventa, habría sido una ocasión extraordinaria para entender y renovar el turismo en Canarias. Para animar a nuevos emprendedores a diversificar la economía, siendo el turismo un elemento capaz de impulsar esa diversificación, por mucho que digan que se puede cambiar el modelo económico con una varita mágica o una Ley (otra más).

Mi blog ha continuado gracias a tantas personas que lo visitan y a las que agradezco su interés por leer estas páginas y compartirlas. En definitiva, creo que ha servido para hacer algo de pedagogía y divulgación entre aquellas quienes han querido profundizar un poco en las historias que el turismo y Canarias han dejado. Una historia inacabada. Continuará...