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martes, 18 de agosto de 2020

Reinventar el turismo (otra vez)

Ya no hay catering, sino safetyng.
Cuando escribo sobre turismo procuro abrir espacios de diálogo en los que pueda mostrar lo que durante décadas he ido averiguando sobre el sorprendente y enorme campo que abarca la actividad turística. No he dejado de responder a quienes intervienen en mi blog, redes y por teléfono (gracias, Pepe Dámaso, por comentarme cada artículo). No pretendo pontificar y, de hecho, mis opiniones evolucionan y varían. Un blog es un diálogo permanente, con los lectores y conmigo mismo. Por ello, intento expresarme de forma amena con algunos juegos de palabras e ironías, incluso humor, y suelo plantear públicamente las dudas que me genera una actividad tan compleja como contradictoria. Con un pasado sorprendente, un presente inquietante y un futuro que debemos construir pensándolo bien. Porque con pandemia o sin ella, el modelo turístico en nuestras  islas ya presentaba síntomas de agotamiento.

Aunque llevo más de treinta años escribiendo sobre turismo, es en mi blog donde más profundizo en esta temática desde que lo creé en enero de 2011, y donde he ido publicando 380 artículos (más este). Por ahora se contabilizan 266.000 lecturas de los artículos (¡Qué pasada!). He hablado de numerosas crisis, históricas y actuales, y de propuestas para la mejora del destino. He repetido muchas veces las enseñanzas de canarios que han sido protagonistas del éxito turístico de estas islas. Y no sólo empresarios o profesionales, sino principalmente figuras de la sociedad civil con especial énfasis en Néstor Martín-Fernández de la Torre y César Manrique, verdaderos profetas de nuestras posibilidades como destino turístico

Gracias a esta especialización periodística, tengo la fortuna de mantener una amistad y reconocimiento con excelentes profesionales de un sector muy diverso. Con un peso en nuestra sociedad que debería hacer pensar sobre cómo actuar para mejorarlo, con investigación, con consensos, concibiendo "las cosas en grande, con la vista en el porvenir, aunque los espíritus materialistas pudieran asustarse y calificarnos de irrealistas" (Néstor. 1936).  Asimismo, advierto del riesgo de divorcio social y la turismofobia, cuando es una actividad que afecta a toda la economía y la población, que permitió el desarrollo y la modernización de nuestro territorio y que tendrá su importancia durante mucho tiempo, junto al resto de sectores. Con un papel protagonista que no tiene necesariamente que ser motivo de preocupación, sino de reflexión y acción. 

No todo ha sido afortunado. Igual se puede criticar a las instituciones por su inoperancia endémica en algunos aspectos, como a empresas por su afán especulativo o avaricioso. Pero, en sentido inverso también hay que hacer una profunda autocrítica, al haber una parte de la población que considera el territorio donde vive un vertedero a su disposición, incluso tras el dramático confinamiento vivido del que íbamos a salir todos mejores personas y al final ni más limpios, ni más solidarios, ni más responsables con el futuro económico y sanitario del país... Y lo que nos queda. 

Pero el motivo de este artículo no es -que debería serlo- plantear sanciones a los causantes de estos incívicos comportamientos, o imponer impuestos al uso  de latas para bebidas que inundan los arcenes, sin olvidar la colonización del paisaje por el plástico. Quiero hablar del desánimo y bloqueo que estoy encontrando en muchos profesionales del sector turístico. El perfil de estos ejecutivos es variado, pero una característica es común, la rápida adaptación y capacidad de resolución, la actitud positiva y el entusiasmo que transmiten. ¡Hasta que llegó la pandemia!

En un principio, la mayoría de los profesionales isleños reconocía que el objetivo era intentar salvar la temporada alta (en Canarias, desde octubre hasta marzo siguiente), crear un refugio o fortaleza sanitaria y lograr una cobertura de protección social para los/as trabajadores/as durante la crisis (ERTE en vez de despidos). En Canarias esto ha supuesto un enorme alivio para 4 de cada 10 empleados, directos, y una oportunidad para reformar y mejorar (adaptar) los diferentes destinos e instalaciones turísticas que han podido aprovechar este periodo y prepararse para un nuevo escenario tras la primera ola de la pandemia. Pero parece que a todo el mundo le ha entrado prisas por volver al pasado sin tener en cuenta que estamos a un mes y medio del comienzo de la 'temporada alta', cada vez menos segura.

Y en todo este tiempo nadie ha hecho caso de los estudios e informes, si acaso los han leído, porque una cosa es lo que se opine y otra radicalmente opuesta lo que se impone... De hecho, diferentes ayuntamientos, el Gobierno, las universidades crearon equipos de trabajo. Muchos se pusieron a estudiar posibles alternativas y planes para la recuperación, reconversión o incluso la posibilidad de un nuevo liderazgo en el escenario pospandemia. Habría que recopilar todos esos trabajos y valorar si han servido de algo. Porque... ¿a qué esperamos para analizar la situación y las propuestas? ¿Cuándo podremos exigir unidos un plan de reconversión para el turismo en las islas hasta que llegue la vacuna? ¿Hemos asumido que tenemos que convivir con el C19 y crear espacios de seguridad y corredores de confianza para el turismo? 

Es imperioso crear espacios y órganos para la actuación en casos de crisis aunque las medidas que se planteen o se sugieran no gusten a políticos u otros que, probablemente, no las llevarán a cabo pero ahí quedarán, por si acaso. 

Es irrefutable que llevamos décadas viviendo crisis consecutivas y respondiendo con eficacia a situaciones de suma gravedad que cada vez son más complicadas, pero no ponemos el foco en prepararnos, anticiparnos para posibles salidas, alternativas, planes, contingencias, estrategias… Y en este contexto hay que debatir, proponer y valorar cada propuesta. No podemos anclarnos en el pesimismo de no poder volver al mismo modelo (o sí, pero ahora no) y considerarlo una panacea. Porque en estos momentos -y por cierto tiempo- no existe solución a la crisis. Ni los demás destinos la tienen por lo que quien mejores soluciones aporte antes lo superará. Ahora mismo hay miedo a volar -hace unos meses se hablaba de la vergüenza por volar- y no desaparecerá mágicamente, ni el miedo ni la vergüenza de los que advierten del cambio climático. Sabíamos que iba a suceder y que no hay marcha atrás. Que la demanda local es insuficiente y que todo lo que pusiera en riesgo la temporada alta debía evitarse a toda costa. Se dijo claramente que para que una isla sea fortaleza de seguridad sanitaria tendría que evitar importar los contagios. Pero el Estado español y la Unión Europea no nos permiten exigir PCR en origen u otras medidas. Y a todo esto, no hay un proyecto claro para Canarias porque siguen sin entender en Madrid qué significa la ultra periferia. Pero nosotros sí. Y sabemos que nuestra capacidad competitiva merece una mayor capacidad de decisión. 

La falta de contundencia en la respuesta de Canarias conduce a pensar que hemos renunciado a exigir un plan, a reclamar la financiación necesaria para poder reconvertir la oferta (ya contribuimos generosamente a otras reconversiones habidas en este país) y que no interesa analizar con detalle las alternativas al turismo poscovid. Si no hay plan y ficha financiera para la reconversión no podremos averiguar si la palabra crisis para los canarios significa oportunidad, porque seguramente estaremos hundidos. Pero también habrá que ser realistas con un poco de utopía porque no hay vuelta atrás sino que es la ocasión para reinventarnos como destino turístico. No será fácil convencer a todo el mundo de que se acaba una etapa, pero si no aceptamos la realidad -como negamos inicialmente la pandemia-, será imposible superar esta crisis. 

viernes, 14 de agosto de 2020

Las Islas Canarias Entre Ríos

Imagen de la videoconferencia
Imagen de la videoconferencia
La Municipalidad de Paraná (provincia de Entre Ríos, Argentina) celebra unos conversatorios a través de videoconferencias online con los que intenta debatir la incidencia en diferentes ámbitos de la pandemia que padece el mundo a causa del coronavirus (Covid 19). El jueves 13, el coloquio titulado "Gestionar la incertidumbre. Re pensar la nueva normalidad en épocas de pandemia" se centró en el turismo, con participación de representantes de Argentina, Uruguay y un servidor como analista del sector en Canarias (España). Los organizadores querían tener una visión próxima a mercados con los que se sienten más identificados ya que no se plantean como referencia el modelo norteamericano. Y algo de eso hay, sobre todo en Canarias, ya que al inicio de mi intervención recordé las palabras de mi padre cuando decía que los canarios somos europeos que nacemos en África y emigrábamos a América que la llevamos en el corazón. Y tanto es así que la capital de Uruguay, Montevideo, fue fundada por canarios, o que José Martí y Simón Bolívar son descendientes de canarios.

El Moderador Agustín Clavenzani (Subsecretario de Turismo de la Municipalidad y Presidente del ente mixto ‘Empatur’ de la ciudad de Paraná) presentó a los/as invitados/as: Florencia Casamiquela del Ministerio de Deportes y Turismo de Argentina; Flavia Coelho, Intendenta de Rocha (Uruguay) que no pudo intervenir por no disponer de señal de audio; Fernando Gorbarán, Presidente de AOCA (Congresos y Convenciones).

Cada invitado tuvo 5 minutos para contestar dos preguntas y después hubo un breve turno de preguntas del público que siguió online el encuentro a través de YouTube. Los temas a tratar giraron en torno a “Cuáles fueron -y son actualmente- los principales desafíos de la gestión del turismo, desde el Estado, frente al marco de pandemia”. Y, en segundo lugar, “mirando hacia adelante, haremos el esfuerzo de pensar cómo esta nueva normalidad impactará en la gestión de las políticas turísticas. ¿Cuál creen que será el impacto en la industria del turismo? ¿Qué cambios avizoran como necesarios en el diseño de las políticas públicas en materia turística?”

En general, todos los participantes compartimos que el modelo está cambiando y hay que adaptarse. En mi intervención señalé que en un principio nos mostramos incrédulos ante lo que sucedía. Para enmarcar el fenómeno turístico en España y Canarias, indiqué que nuestro país recibe unos 82 millones de turistas internacionales. Una actividad que supone el 11 del Producto Interior Bruto (PIB) y el 13% de los empleos directos del país. En el mundo hispanoparlante, el caso más próximo sería México con 41 millones de visitantes, lo que genera el 8% del PIB y ocupa al 6% de los empleados. Canarias 16.000.000 de turistas que producen el 36% del PIB insular y el 40% de los empleos directos. Argentina que había tenido un 2019 exitoso, cuenta con unos 6 millones de turistas internacionales (el sector produce el 9,2% del PIB y el 7,5% de empleos, según dijo Florencia Casamiquela en el conversatorio) o Uruguay con tres millones de turistas internacionales.

Canarias, a mitad de camino entre los europeos del norte y el Cono Sur de América, tiene sus especificidades, como es un clima tropical y primaveral durante todo el año, siendo su temporada alta entre octubre y marzo, lo que coincide/compite con el verano austral, además de ofrecer una proximidad en vuelos de radio medio, frente al largo recorrido que supondría viajar hasta Argentina o Uruguay. Curiosamente, Canarias se conoce como la 'eterna primavera' y Paraná se promociona anunciando un territorio para disfrutar todo el año...

Con esas cifras, cabe comentar que si Canarias fuera un país hoy día figuraría en el ranking mundial en el puesto 24/25 compitiendo en la posición con Croacia. Sin embargo, hace 5 años Canarias figuraba en el puesto 20, lo que nos demuestra el crecimiento vertiginoso de los destinos emergentes en los últimos años, hasta la pandemia.

Canarias es un territorio singular para el turismo. Uno de los destinos más antiguos, con unos 150 años de actividad que comenzara con el turismo de salud y actualmente es un complejo multiproducto y Multidestino. Para poder entender el fenómeno desde la otra orilla del Atlántico, destaqué que en las islas hay 4 Parques Nacionales (un tercio de los existentes en España y los dos más visitados de todo el país: Teide y Timanfaya) y 146 espacios naturales protegidos que representan el 40% de los 7500 km2 del territorio insular. Una superficie que viene a ser una décima parte del territorio que ocupa la provincia de Entre Ríos (se llama así porque se encuentra entre los ríos Paraná y Uruguay). Argentina tiene otro modelo de Parques Nacionales, por lo que cuenta con 45 de los que 2 figuran en la provincia de Entre Ríos (El Palmar y PreDelta). En Canarias hay 7 Reservas de la Biosfera declaradas por la Unesco, las mismas que en toda Argentina. El mismo organismo ha declarado en Canarias cinco bienes Patrimonio de la Humanidad, de los que hay 11 en toda la República Argentina y la provincia de Entre Ríos quiere que su primer bien patrimonial, el mate, figure en ese listado.

Otras diferencias notorias son la estancia media 9 noches en Canarias, mientras en Paraná se sitúa en 2 noches, por lo que nos encontramos con un Archipiélago en el que habitan dos millones de residentes (la provincia de Entre Ríos es de 1,3 millones y la de Uruguay es de 3,5 millones), donde contamos con medio millón de camas turísticas en 25.000 establecimientos de los que 750 son hoteles. Una oferta en la que nos encontramos con el mejor hotel vacacional del mundo según el turoperador alemán TUI, o casas-cueva rurales con jacuzzi y todo tipo de comodidades. Pero… más del 90% de nuestros visitantes vienen por el sol y playa. Turismo de masas y de consumo de recursos de territorio con cada vez menor valor añadido al destino. Y con un crecimiento del protagonismo del ‘todo incluido’. Con los recursos naturales, culturales, infraestructuras… algo estamos haciendo mal para que menos de un 10% de nuestros visitantes realicen actividades más allá de las hamacas, o -como señalara Fernando Gorbarán- en congresos y convenciones que, en Argentina, atrae al 25% de los turistas internacionales con un nivel de gastos que multiplica por dos o cuatro el gasto medio del turista. Una actividad que no desaparecerá a pesar del auge de las conferencias online “porque -añade- el contacto humano no puede ser sustituido” aunque sí complementado.

De ahí que todos coincidiéramos que es el modelo turístico la principal víctima de la pandemia. Y así lo pudimos comprobar cuando en enero se detectó en Canarias el primer caso en España de un paciente de Covid 19, un turista alemán en la isla de La Gomera que fue aislado, o semanas después el primer confinamiento en Europa de un hotel que tuvo lugar en Tenerife. Acciones que pusieron de manifiesto la rápida respuesta en las islas, pero no en el conjunto de España donde se establecería el Estado de Alerta y el cierre forzoso de establecimientos turísticos, provocando una masiva repatriación que coincidía en las islas con el fin de temporada alta. Y vino el 0 turístico.

Ya teníamos experiencias en repatriaciones, como fue la quiebra del decano de los turoperadores (Thomas Cook), pero este fue un éxodo masivo con el cierre de alojamientos, prohibición de vuelos salvo los esenciales y el consiguiente riesgo de quiebras y miedo ante la incertidumbre sanitaria y económica. En Argentina han establecido planes para atender la situación de los trabajadores afectados, mientras en España nos encontramos con 3,9 millones de personas afectadas por despidos o, mayoritariamente, por Expedientes de Regulación Temporal de Empleo (ERTE) que han permitido sobrevivir a muchas empresas y que todavía están vigentes en algunos sectores y empresas. En total casi una cuarta parte de los empleos en España se vieron afectados por ERTE, mientras que en Baleares y Canarias el porcentaje se eleva casi al 40%.

Las diferencias entre los países suramericanos y España son notorias. En el caso español hay una enorme complejidad por el desarrollo de autonomías con competencias transferidas entre las que figuran la Sanidad o los servicios sociales. Esta estructura descentralizada ha sido motivo de enfrentamiento por la gestión durante los desconcertantes inicios de la pandemia en este país. Pero es que, encima, cada país tiene una realidad diferente y eso ha complicado -y mucho- la respuesta a la pandemia. Y más al tratarse de un fenómeno global que no se ha intervenido globalmente. De hecho, no hay acuerdo ni en las estadísticas para poder entender los datos que recibimos.

Además de la complejidad de los entes autonómicos en España, el país forma parte de la Unión Europea que ha impuesto una rápida reapertura de la conectividad aérea, mientras los países se enfrentan a cuarentenas, cierres de conectividad con determinados países... Un puzle, un laberinto, un escenario cambiante a una velocidad de vértigo. De todos modos, a diferencia de otras regiones del planeta, la Unión Europea es un espacio político paraguas, ya que acaba de aprobar un Plan de Recuperación de 750.000.000.000€. Aunque a toro pasado, pensemos que quizás la prevención hubiera sido más económica para todos los ciudadanos europeos.

Pero, el escenario turístico tras el primer ‘pico’ de la pandemia en España es que nos encontramos con una ‘industria’ que no ha sufrido daños. De hecho, en Canarias, muchos establecimientos (hoteles, centros comerciales) aprovechan este parón para afrontar las reformas de instalaciones después de una década de crecimiento y niveles de ocupación de récord año tras año. Un sector muy profesional, con una experiencia y excelencia indiscutible, pero que mira con preocupación las incertidumbres ante la temporada alta por la situación inestable de la pandemia, sobre todo porque el perfil de nuestros visitantes invernales es de personas mayores de 60 años, señalada como población de riesgo en esta pandemia.

Por ello, se trabaja la confianza con los países emisores, potenciando la transparencia y comunicación, si bien se está improvisando en algunos aspectos, con ciertas prisas en la apertura de determinadas actividades, como es el caso de las salas de reuniones de grandes grupos en espacios cerrados y, lamentablemente, sin cumplir las recomendaciones para evitar los contagios.

El turismo es conectividad para el virus, así lo ha demostrado durante estos meses de crisis y, además, el turismo de masas es conectividad/contagio masivo. Por ello, Florencia Casamiquela recalcó que el turismo tiene que ser confianza y seguridad, la antítesis del miedo y la incertidumbre. En el caso de Canarias, se ha realizado diferentes estudios de las dos universidades canarias y también del propio Gobierno de Canarias y varios equipos de expertos, bajo el lema ‘Isla – Fortaleza’ lo que recuerda que en el medievo se combatían las epidemias aislando poblaciones. Y las islas son el paradigma del aislamiento, con casos singulares como la expansión de la Filoxera importada de América y que acabó con los viñedos de toda Europa y casi todo el mundo, salvo Canarias, Chipre y Chile. Una lección que también han de conocer los amigos de Entre Ríos, donde hay una célebre ruta del vino. Pero, además de este recurso medieval de la cuarentena o confinamiento (que ha sido el usado en España para confinar frenar los contagios aislando las poblaciones), Canarias ha sido piloto en el uso de las Tecnologías de la Información con la implantación de la aplicación Radar Covid19, con el apoyo de la Organización Mundial del Turismo (OMT), gracias al cual se podrá saber si se ha estado expuesto a contagios y el rastreo de personas.

Y ya que hemos destacado las fortalezas, ahora podemos hablar de las debilidades del destino insular que son precisamente su tradición de liderazgo en el turismo de masas, lo que hace que su industria esté diseñada para este tipo de actividad y dependa imperiosamente de la reapertura de la conectividad con cientos de aeropuertos de casi todos los países europeos. Sólo en el caso de Gran Canaria, los vuelos turísticos previstos en el mes de julio ascendían a 276 a la semana.

Por ello, todos los contertulios han coincidido en que vivimos una etapa de readaptación del modelo. No es que se imponga oficialmente, sino socialmente la transformación lo que hace obligatoria una reconversión turística. Y en ese escenario planteo las siguientes dudas o tribulaciones: ¿Son capaces las administraciones del mundo de frenar la pandemia? Hemos visto que no. Por ello es necesario actuar con realismo y asumir que tenemos que cambiar el modelo de turismo en aquellos destinos donde no se puede atender los volúmenes anteriores al Covid19. Ya se ha hecho con la reconversión naval, del carbón, del acero… Pero ¿la burocracia es capaz de afrontar el cambio? ¿Las empresas turísticas asumen que su oferta tardará mucho -o probablemente no lo consiga- en alcanzar niveles de ocupación de hace ocho meses? ¿Estarán dispuestos a reconvertir su actividad ante el nuevo escenario? Personalmente creo que el cambio de modelo no tiene que suponer menor rentabilidad del negocio… Pero sí un esfuerzo y asumir el riesgo, que será igual o menor que el que van a vivir hasta que exista una vacuna (y aún así). De ahí que Entre Ríos tiene una oportunidad al ser un destino emergente, ya que podrá afrontar el cambio en mejores condiciones. O no, quién sabe, porque responsables de museos como El Prado o el Reina Sofía, o incluso la Comuna de Venecia y otros destinos están encantados con las medidas de reducción de visitantes.

Nos estábamos acostumbrando a la pandemia de humanos invadiendo lugares para hacerlos una triste caricatura de la masificación. Y la Covid 19 nos ha permitido reflexionar. Ojalá nos ayude a rectificar.

Ver la grabación del conversatorio en este enlace de Youtube.

jueves, 30 de julio de 2020

No es el turismo, es la masificación

Jameos del Agua (Lanzarote)
Jameos del Agua (Lanzarote)
La idea que se repite estos días es que el problema de Canarias es la dependencia del 'monocultivo del turismo'
(la pandemia que ha paralizado al planeta supongo que estará en otro plano). Esto del monocultivo -creo-  es un ‘mantra’ recitado muchas veces en estas islas, porque cada vez que hay progreso o crecimiento por la demanda externa de algún producto canario somos tan obtusos que ‘ponemos todos los huevos en la misma cesta’ y al caer no queda ninguno entero. Según esta teoría, los canarios descubrimos las ‘burbujas’ especulativas antes que Wall Street, sólo que en las islas no tenemos muchos recursos, y no nos quedaba otra que comernos con papas los cultivos que ya no demandaban los mercados cuando la 'burbuja' estallaba. Así sucedió, dicen, con el azúcar, la cochinilla, la orchilla, el plátano, el tomate... Como si la aparición de la anilina (tintes sintéticos), o los productos agrícolas más baratos de otras regiones o países, no tuvieran su parte de culpa en una economía de mercado en la que operan nuestras cosechas, como si tuviéramos otra posibilidad...

Ahora le toca al turismo. Y, tras afirmar que estamos ante otro monocultivo, se habla de diversificar la economía. Parece sencillo. Es lógico, pero tras casi cuatro décadas de autogobierno con el resultado que conocemos está claro que hay mucho que mejorar (en todo), y que cada cual tiene su fórmula para buscar otros modelos de actividad que puedan mantener la economía de las Islas Canarias. ¿Vivir de la agricultura? Nos olvidamos de que el sector primario recibe la mayor parte de las ayudas europeas y -ni con esas- sólo supone el 1,5% del PIB y un 2% del empleo. O la industria, que aporta poco más del 3% del PIB y en torno al 1,5% del empleo… pero claro, hay que culpar a alguien o a algo cuando vienen mal dadas. Y el turismo tiene ese punto de ‘invasores’, xenofobia y echar culpas a lo desconocido en vez de flagelarse y entonar el ‘mea culpa’ por no haber sabido desarrollar otras actividades económicas alternativas o complementarias que (supongo, por lo que opina tanta gente) serán muchas y muy rentables pero a nadie se le ha ocurrido ponerlas en marcha y, encima, a las administraciones les resulta cómodo seguir repitiendo los mismos errores.

Y aquí estamos, con un sector turístico que produce directamente el 36% del PIB y 4 de cada diez empleos. Indirectamente… calculen y piensen las consecuencias  de cada medida para cambiar el ‘monocultivo’.

¿En realidad estamos ante un monocultivo? Yo creo que no. Pienso que hemos tenido durante décadas una oportunidad extraordinaria y no hemos sabido sacarle todo el provecho. El turismo y el viajero son actividades que han perdurado en el tiempo en nuestro territorio insular lo que es una debilidad y una fortaleza. Estar aislados nos limita por la dependencia de la conectividad, pero nos convierte en fortaleza ante otras situaciones, como  la filoxera, aquel parásito de América del Norte que a mediados del XIX arrasó los viñedos de Europa y nos libramos conservando variedades únicas de vid… Otro monocultivo que nos publicitó el mismísimo William Shakespeare.

El turismo no es un huerto, una nave industrial o una compañía de transportes. Es una actividad que lo abarca todo y a todos. Somos receptores y emisores, somos turistas y objeto del turismo. Somos nómadas climáticos, digitales, deportivos, por salud, por hedonismo… Por ello nuestro destino está afectado más por problemas exógenos que por los propios, pero también un instrumento  de la política, o una víctima de la ambición desmedida, aspectos que explica y profetizó César Manrique, sobre cómo se puede crear un modelo turístico ideal y cómo cargárselo para beneficio de unos pocos, casi siempre los mismos.

Sea por uno u otro motivo, los males endémicos de nuestra industria turística están en la fragilidad de nuestro modelo de masas centrado en el sol y playa (más del 90% de nuestros visitantes vienen por este motivo), por lo que es preciso buscar del punto de equilibrio entre rentabilidad económica/social, respecto al impacto del número de turistas que puede soportar un territorio que es una de las regiones con mayor biodiversidad (y paisajes) del planeta. Pero, después de tantas décadas advirtiéndolo, hemos preferido vivir arriesgándonos permanentemente en el trapecio, dejando la gestión del territorio en manos de personas expertas en provocar crisis de oferta y demanda.

En realidad, no existe un monocultivo sino un derroche. La actividad turística dinamiza otros sectores y ha servido para crear empleo en una región en la que los sectores primario e industrial representan una ínfima parte de la actividad económica. Y así ha sido durante muchos años y con menos posibilidades de desarrollo de otros sectores a medida que pasa el tiempo y emigra la juventud mejor formada de nuestra historia de subdesarrollo y analfabetismo. Todo ello a pesar de tener una actividad turística que ha tirado de la economía y podría tirar del desarrollo de otras actividades, no sólo del consumo, pero regalamos la estancia en el paraíso con el clima más saludable del mundo sin pensar en que llegaría la hora en que se acabaría este maná. Nos conformamos con el pequeño porcentaje de la venta del destino en origen y aceptamos las prácticas de intermediarios que se aprovechan de la desunión de las empresas turísticas. Sin olvidar que son los mismos que facilitan mantener los establecimientos todo el año funcionando sin estar sometidos a la estacionalidad. A todo ello, el dinero -poco- que destinan las instituciones al turismo lo utilizan para promoción en ferias de las vanidades de los políticos que venden su argumento rayado, el del crecimiento del número de turistas como signo de éxito, mientras callan otras variables como el gasto en destino o la estancia media, cada vez menor (en la última década un día menos).

Además, el turismo ha sido la poción mágica que evitó en parte la tragedia de la crisis económica que comenzó en 2007 con el estallido de la burbuja de las hipotecas ‘subprime’ y tuvo su mayor impacto en 2012 con la masiva subida de impuestos y recortes económicos en España. Eso es cierto, pero también lo es que gracias a las primaveras árabes en 2009 se evitó la quiebra del sector turístico en Canarias porque no era competitivo en precios, y pudimos vivir ‘de prestado’ hasta nuestros días, pese a que en 2019 -con 13 millones de turistas- ya se atisbaba el agotamiento de ese 'crédito' que nos llevó a récords extraordinarios en la entrada de turistas, alcanzando los 16 millones en 2017.

Y así estábamos hasta que llegó la pandemia. Y atacó de lleno a un sector turístico boyante que mantuvo la actividad económica isleña durante la última década con varias características a destacar: impulso a las energías renovables, a la desalación y reutilización del agua, al crecimiento de los salarios (el sector económico que más subió sueldos en la última década según el Índice de Precios del Trabajo, ITP), el desarrollo de las TIC... Y todo eso gracias al turismo de masas, que continuó implantándose ante la falta de política de diversificación y cambio de modelo. Lo que entra en contradicción con ser un área en las instituciones canarias con escaso presupuesto y que se usa, casi exclusivamente, para promoción (y algún que otro dislate).

Y así nos ha ido, susto tras susto, en estas últimas décadas de infarto, sin solucionar el problema fundamental que es cambiar el modelo por un turismo que no siga apostando por la masificación, los guetos de todo incluido, el turismo de ‘perrito caliente’ y, a partir de ahora, sujeto al equilibrio entre la salud y las actividades turísticas… ¿A eso contribuye abrir a toda costa nuestro territorio a la ‘montaña rusa’ de la pandemia y sus rebrotes? ¿Estamos arriesgando la temporada alta en Canarias -octubre/marzo- de un turismo que supera mayoritariamente los 60 años? Tras conocerse el primer caso en La Graciosa, parece que sí lo estamos arriesgando todo, pero también creo que hablar de monocultivo es echar leña al fuego a una turismofobia innecesaria y cargada de medias verdades o falsedades. Por ello, vamos a pensar en el 'mix' o conjunto de actividades a las que puede aspirar nuestro Archipiélago y cómo mejorar el modelo turístico para que pueda impulsar las nuevas (o viejas) actividades, incluido el propio turismo del nuevo escenario.

viernes, 29 de abril de 2011

Fin de ciclo y búsqueda de un nuevo impulso turístico en Canarias

El Roque Nublo y el Teide
Repaso estos días varias obras que centran su análisis en el fin de ‘ciclo de vida’ del destino turístico en Canarias. Unos trabajos muy sesudos y economicistas que no han entendido el mensaje de Néstor Martín Fernández de La Torre que, sin ser un ‘consultor’ o un ‘profesional’ del turismo tal como se autoproclaman hoy día, sí que fue un visionario que hizo posible uno de los periodos más importantes del desarrollo turístico en Gran Canaria -con un impacto directo sobre su sucesor, César Manrique-, y estimuló la iniciativa de la familia Del Castillo para lanzar el primer concurso internacional de ideas para crear una ciudad turística (Maspalomas Costa Canaria, 1961).
A pesar de que todos reconocemos que el turismo en Gran Canaria y en Lanzarote tiene nombre y apellidos, el turismo isleño ha perdido ese elemento creativo y autóctono que lo impulsó, quedando en manos de tres grupos que –aislados o juntos- han provocado la deriva que padecemos: en primer lugar, el de algunos empresarios cuyo objetivo es el beneficio (el mayor y más rápido) con subalternos que actúan como freno a cualquier iniciativa que se salga de la cuenta de resultados; en segundo lugar, algunos burócratas que no quieren (tampoco es que se pueda mucho) entrar en disquisiciones sobre qué es lo mejor para el turismo (que no tiene por qué ser lo procedimentalmente correcto); y, en tercer lugar, el fracaso de unos políticos analfabetos turísticos que se arrogan todo el protagonismo investidos de un poder populista para sermonear cíclicamente con cifras de llegada de turistas e inversiones que nos alejan de ser un destino competitivo y nos introducen en el centro de un remolino que nos ahoga en una pérdida de rentabilidad y de ocupación, en un escenario decadente de territorios consumidos por la especulación y la masificación low cost.
Y es que en su mayor parte, insisten en el error de considerar que nuestro producto turístico se soporta sobre un único negocio: el alojamiento; gracias a un producto que es dogma de fe: el sol y playa, cuando en realidad hay otros muchos aspectos que han consolidado durante siglos la reputación de Canarias como destino turístico, como son su clima, sus valores naturales, paisajísticos, culturales, comerciales, sociales, etc.
Llegados a la situación actual, en este espejismo que vivimos de prestado por los problemas exógenos que todos conocemos, no se puede plantear (mantener) un modelo basado exclusivamente en el sol y playa porque será (es) nuestra ruina: vamos quemando territorio para satisfacción de especuladores y corruptos, sin ofrecer nada nuevo, distinto y que nos posicione en el mundo no como un destino de alternativa a las crisis, sino como un destino de objetivo principal.
Decía Néstor Martín Fernández de La Torre en su discurso ‘Habla Néstor’ (1939) que el turismo surge “como hecho y como problema, imponiendo brutalmente la necesidad de la revolución integral del país, en la que nunca habíamos pensado. Trazar un plan de propaganda turística sin antes preparar el país, me parece contraproducente. Tengamos en cuenta que el viajero que nos visita no viene a nuestras islas para encontrar en Tejeda un tacón de Luis XV o una cabellera oxigenada. Hasta en los pueblos más apartados ha ido desapareciendo el uso de la mantilla canaria, sustituida por velos o sombreros ridículos, traídos por vientos de afuera. La belleza de nuestros paisajes sufre los efectos del modernismo estandarizado, con el clásico cajón armado, que desplaza a la típica casa campesina. Proyectos y reformas urbanas se han concebido en vía estrecha, los árboles y las flores se han visto privados del amoroso cuidado que hubiera hecho de esta tierra un lugar delicioso para el turista. De lo auténtico queda poco, el folklore ha ido olvidándose; y en el tema de desaparición, hasta ha desaparecido el inteligente artesano (platero, tallista, forjador, etc.), que a principios de siglo tenían en la artesanía un medio de vida, ante la invasión de mil chucherías que, precisamente por ser exóticas, merecieron acogida preferente”.
Evidentemente, no se puede trasladar el mensaje de hace 72 años a la actualidad, si bien Néstor entendió lo que hoy día no entienden los numerosos profesionales y consultores del sector turísticos: preparar el país, imponer una revolución que tiene que competir con la cultura, personalidad e historia, cultura, comunicaciones y tecnología de otros destinos.
Esa personalidad, es la clave del posicionamiento en un mercado en el que todos ofrecen sol y playa y su única diferencia (porque hasta los hoteles, tiendas y restaurantes son iguales en todos sitios) es el precio. Un precio que termina siendo muy poco rentable para compensar la pérdida de calidad de nuestro territorio.
Por ello, Néstor, muy acertadamente explica que “El turismo lo entiendo como una grande y compleja industria que ha de desarrollar el país entero. Si no recobramos y acentuamos nuestra personalidad, nada podemos ofrecer al turista que le halague y satisfaga, dentro de un estilo netamente canario tenemos que revalorizar todo lo nuestro, sea moderno o tradicional, de otro modo seremos suplantados por el industrial o por el comerciante de afuera, como pasa hoy a nuestros ojos…”. Tengamos en cuenta que en aquellos años de la Guerra Civil y previos, apenas llegaban turistas a nuestra Isla en los trasatlánticos de la Union y la línea Castle (que se unirían como empresa y con sus nombres). Pero sentó las bases de un modelo personal de turismo basado en el tipismo, arquitectónico, etnográfico y cultural, como complemento a un destino de clima y calidad ambiental reconocido históricamente en el ámbito europeo.
Si actualizáramos el discurso de Néstor a nuestra realidad ¿qué empresario, político o administración ha planteado una propuesta que se convierta en un atractivo capaz de sorprender al mundo? ¿Existe esa posibilidad? Yo creo y afirmo que si, que hay actuaciones y proyectos que pueden revolucionar el destino y el perfil de clientes que visitan las Islas. Pero para ello hay que contar con esta sociedad que lleva en los genes el know how turístico y, sobre todo, superar el desánimo de quienes han tirado la toalla y se resignan a obtener el beneficio menguante hasta que se acabe –por desidia- con el primer destino turístico de naturaleza y salud de la historia.