sábado, 27 de febrero de 2016

Del viajero feliz al ganado esquilado


Autoridades en el aeropuerto grancanario, años 50.
Un aeropuerto facilita el flujo de viajeros, productos rentas y divisas, lo que lo convierte en una infraestructura fundamental para un destino turístico y la más determinante en el caso de territorios insulares. Ése es el caso de Canarias y, en particular, de Gran Canaria. Una isla que además tuvo una gran visión de futuro y se anticipó a la evolución de la navegación aérea como escala de los primeros vuelos transatlánticos y ases de la aviación (Gago y Coutinho, Plus Ultra, Lindbergh, Zeppelin, Lusitania...), lo que nos coloca como primer complejo aeroportuario en medio del Atlántico.

Los grancanarios nos las veíamos muy felices con el aeropuerto (costeado inicialmente por el Cabildo, como tantas otras cosas). Estábamos orgullosísimos de aquella gran antesala de acceso a la isla que se ofrecía al viajero desde la hermosa bahía en la que se sitúa la pista de Gando, soledada, junto al mar y vigilada por los canes replicantes de la plaza de Santa Ana. Una estampa que llamaba la atención de los pioneros turistas que realizaban la travesía hasta Gran Canaria en aquellos primerizos años del turismo de sol y playa que barruntaba lo que sería el fenómeno del turismo de masas.

Las terminales fueron inicialmente lugares de encuentro, con sus cafeterías llenas de gente por la novelería que producían aquellos solitarios y esporádicos aparatos de Iberia, Aviaco, Spantax o de impronunciables compañías extranjeras. Hoy día ya no hay noveleros, sólo pasajeros en tránsito o acompañantes para la despedida o para dar la bienvenida. Ya nadie puede acceder a la pista a decir adios y la mayoría se despide al descargar el maletero en la carretera porque aparcar en el aeropuerto obliga a realizar un paseo por el edificio y, además, pasar por caja. Pero si miramos atrás, hay que recordar que viajar en avión era parte de la experiencia o, en sí misma, una vivencia memorable por su novedad. Los pasajeros eran aventureros, personalidades con capacidad económica y que asumían cierto grado de riesgo. Incluso el hecho de viajar en avión era motivo para hacer una foto de recuerdo en la escalera, cuando las mujeres eran obsequiadas con un ramo de flores al descender de los aparatos de hélice (antes de los reactores) después de larguísimas travesías. Así, un viaje desde Suecia a Gran Canaria podría suponer unas doce horas de vuelo.

Oficinas de Iberia en el antiguo aeropuerto.


Aún así, todo era nuevo y cada día se conocía una mejora y un mayor atractivo para viajar. Los edificios de las primeras terminales se convertían en llamativos espacios para agrado y acomodo de pasajeros. Los años 50 y 60 vivieron el rápido tránsito del viajero al turista y de éste al grupo organizado por el turoperador que llenaba vuelos de nórdicos con rostros cenizos que brillaban nada más bajar de la escalerilla para ser atendidos con hospitalidad y cariño. Un trato humano que se ha perdido por el camino del crecimiento de estas terminales de aeropuertos canarios que actualmente figuran entre los ocho más rentables de España: Tenerife Sur, Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote (los cuatro aeropuertos restantes de la provincia tinerfeña dan pérdidas). Aquelllas puertas insulares dejaron su personalidad en aras del negocio, la agilidad y la seguridad.

El resultado es que el aeropuerto es, hoy día, una tortura en la que nos tratan como rebaños guiados por cuerdas hacia el mostrador de facturación. Después viene el trato de amenaza terrorista armada o química. Un mal trago de catarsis colectiva de controles histéricos y casi inútiles. A continuación, se accede a la siguiente fase que no es otra que el tránsito obligado por comercios para la compra de todo tipo de 'pro-duttys' en un zoco o gran bazar 'fast-shop' que se repite en cualquier terminal del planeta. Un negocio de franquicias que no tiene nada que ver con el esfuerzo de Gran Canaria para que el turista se lleve una grato recuerdo de la isla. Al final, gracias a AENA, sólo recordará que estuvo en un un contínuo de salas de espera de incómodas butacas, máquinas tragaperras de precios abusivos y ninguna sensación agradable o estampa que anime a regresar a la isla.

Y, para rematar, los desorientados pasajeros volarán a cualquier parte del planeta en naves convertidas en chiringuitos cambulloneros donde te asaltan por última vez para vender productos "libres de impuestos" y hasta tómbolas, todo ello mientras esperamos amarrados al asiento el aterrizaje y huir lo más rápido posible de este martirio.

La 'mano' de Manrique se notaba en la terminal de Lanzarote

Otra característica de moda es que los aeropuertos no tienen memoria. Así lo decide AENA cuando le importa un bledo la historia aeronáutica de una isla pionera en la aviación mundial y opta por derruir todos los elementos de las terminales ya jubiladas por ampliaciones que se suceden a una velocidad de vértigo, por contratas que se traen de la península hasta las toallas por si tienen un día libre de playa. Son obras tan rápidas en su ejecución como las prisas de los millares de pasajeros que cada día son escupidos o succionados por las pasarelas telescópicas.

En el caso del Aeropuerto de Gando, Las Palmas y ahora de Gran Canaria, creo que ya vamos por la cuarta ampliación. Unos trabajos que han dado lugar a la desaparición de la primera terminal aeroportuaria de Canarias por un arquitecto contratado por AENA (empresas, personal y negocio para foráneos, ante el silencio cómplice del nacionalismo isloteñista) que no tuvo ningún reparo al eliminar la planta, fachada, torreón, artesonado y murales de la antigua terminal. Incluso las esculturas de los perros que desde 1946 (este año harían 70) recibían o despedían a los viajeros pero que ya han desaparecido.

Según el profesor José Luis Gago, el edificio fue obra de un arquitecto de la Península, Salvador Álvarez Pardo, que recibió el encargo del Gobierno español en los años cuarenta del siglo XX. Según Gago, el Cabildo pidió a Miguel Martín-Fernández que elaborara un proyecto para la terminal, pero no se ejecutó porque Madrid no lo vio adecuado.Ya nadie lo echará en falta, pero tampoco recordará que el de Gando fue pionero y nos acostrumbró a otra forma de ver al viajero. Más humana y menos centrada en el negocio a costa de una isla. Porque ¿a quién le importa si el último recuerdo que se lleva el turista es el de sentirse víctima de la rapiña de una empresa que era pública y ahora sólo vela por la cuenta de resultados para contentar a unos socios privados. ¿A los políticos? A ellos ya se encargan de enviarles tarjetas de acceso preferente por zona VIP o de autoridades... ¿Y si a algún político se le ocurriera pensar en el viajero como una persona que queremos que regrese de vacaciones? ¿Dejaría que el modelo continuara por este derrotero mercantilista y deshumanizado? ¿De verdad que no es posible otra forma de gestionar un aeropuerto como el de Gran Canaria?

1 comentario:

  1. El derribo de la vieja terminal fue un atentado al patrimonio histórico. Los acontecimientos históricos, el mundo histórico, tiene sus estructuras, sus obras, y cuando se eliminan sin más, siendo creaciones autónomas que no tienen problemas estructurales, sanitarios, etc, es otra manifestación de la poca sensibilidad individual e institucional que hay en esta ciudad-isla llena de rijosos. Estoy seguro de que si la primera terminal de Gando hubiese sido una cueva no se hubiese eliminado por su pasado aborigen. Poner límites subjetivos a la histórica, en su valoración, es una enfermedad que tienen nuestros organismos, aunque detrás hay romanos, siempre los estériles de los romanos y su ideología del poder, del dinero público y lo demás que tengan metido es sus cabezas funcionales. Y lo peor es que seguirán haciéndolo. He dicho.

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